Ser una “buena persona” no es suficiente (parte 2 de 5)

31/05/2026| IslamWeb

El primero significa que los seres humanos suelen estar en posesión de conocimientos y apreciaciones respecto a los buenos modales, algunos más que otros, incluso antes de acceder directamente a la revelación. Esto lo confirman otros numerosos textos revelados, así como la evidencia racional y la observación empírica. Este significado se confirma también en un relato en el que el Profeta, la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, dijo al encontrarse con Al Ashayy que había abrazado el Islam, miembro de la tribu de ‘Abd Al Qais: “Tienes dos características que Al-lah ama, la tolerancia (ḥilm) y la amabilidad (anat)”. De una manera inteligente, el hombre preguntó: “Oh, Mensajero de Al-lah, ¿son estas características adquiridas por mí o Al-lah las ha puesto en mi naturaleza?”. El Profeta dijo: “Es Al-lah Quien te las ha otorgado en tu naturaleza”. Al Ashayy exclamó agradecido: “¡Alabado Sea Al-lah, que me ha concedido características que Al-lah y Su Mensajero aman!” (Abu Dawud). Esta tradición explica además que ciertas características son dadas por Al-lah de forma natural a unos más que a otros, y otras características pueden ser adquiridas mediante la crianza y la educación. Otro hadiz dice: “Los pueblos son como los minerales metálicos, los mejores de ellos en la época de la ignorancia (preislámica) son los mejores en el Islam, siempre que adquieran la comprensión” (Bujari). Ibn Ḥayar, en su explicación, señala tres aspectos de este hadiz: los buenos modales, que es la naturaleza estable concedida por Dios (de ahí la referencia al mineral metálico), la aceptación del Islam, en la que reside el éxito final, y el esfuerzo por adquirir conocimiento de la religión. Los mejores seres humanos son los que poseen los tres aspectos, pero si alguien rechaza el Islam, todos los demás aspectos quedan anulados. Con la fe, todos los aspectos naturales brillan aún más en la medida en que uno se esfuerza por adquirir el conocimiento y la comprensión de la revelación. Nada sirve a quienes rechazan la fe, por muy elevada que sea su moral y por muy buenas que sean sus acciones: {El ejemplo de las obras de quienes no creyeron en su Señor será como el de las cenizas expuestas al viento en un día tempestuoso: [El Día del Juicio] no encontrarán recompensa alguna por sus actos. Esa será la ruina total} [Corán 14:18].

También el segundo significado es correcto, ya que el principal propósito de la misión del Profeta, la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, dedicar la adoración solamente al verdadero Creador y Benefactor, es también la mayor virtud, pues es una expresión de gratitud al Creador y de reconocimiento de la verdad, y no hay mayor injusticia que rechazar los signos de Dios [Corán 6:21; 32:22]. Así, su misión, la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, no era otra que perfeccionar toda virtud.
En resumen, el Islam perfecciona los valores éticos de tres maneras:
• Dando a estas virtudes la finalidad o teleología adecuada: Al-lah el más elevado;
• Proporcionando un nivel superior y duradero de motivación; y
• Proporcionando el sentido correcto y el equilibrio entre los valores que compiten entre sí a través de la Ley revelada, la Shari’a.

La filosofía y sus límites
La vida sin reflexión no merece la pena ser vivida, dijo Sócrates, a quien muchos consideran el primer filósofo ético. La buena vida es una vida dedicada a conocer, amar y buscar el bien moral. Desde el punto de vista filosófico, la ética universal (es decir, la idea de que todos los seres humanos tienen algunos derechos) y el monoteísmo (la creencia en que todos los seres humanos tienen un Dios supremo) intensamente se relacionan entre sí. Consideremos la afirmación de que “una vida sin reflexión no merece la pena ser vivida”. Es en sí misma una mera afirmación: ¿la vida no merece la pena para las plantas, las cucarachas o las mariposas? Lo que hace posible y necesaria esta pregunta sobre la naturaleza y la finalidad de la vida es nuestra propia capacidad de reflexionar, evaluar y juzgar. ¿Pero de dónde viene esta capacidad? ¿De dónde viene la vida misma? Sócrates no estaba solo; gran parte del filosofar humano a través del tiempo y el espacio apunta a la búsqueda humana de las respuestas a estas preguntas. Pero Sócrates y los suyos, a pesar de su brillantez, no pudieron ir más allá de su pensamiento de un Dios único ni de la adoración de un Dios verdadero ni de una ética equilibrada y factible. Recordemos que fue Sócrates quien sugirió, en la famosa República de Platón, que todos deben ser gobernados por un filósofo omnisciente, y que las mujeres y los niños deben ser propiedad comunal en lugar de individuos dentro de sus familias, que los niños deben ser separados de sus padres al nacer y colocados de acuerdo a sus capacidades naturales para no recibir amor inmerecido, y así sucesivamente, proponiendo efectivamente un plan para la sociedad más racista y sin amor imaginable. ¿Cómo pudo aquel que es conocido como primer y más grande filósofo de la ética llegar a una conclusión que, a todas luces, parece la más deplorable y antiética? Porque no se puede confiar en que la mente humana, incluso en sus mejores momentos, juegue a ser dios; solo Dios está por encima de los puntos ciegos y los errores. De hecho, el ser humano conoce intuitivamente su imperfección y tiene una sed insaciable de buscar lo que es infinitamente bueno y perfecto. Todos buscamos a Dios aunque no lo sepamos.
Un libro típico sobre la historia de la ética te enseñará que la disciplina filosófica de la ética nació en la antigua Grecia precisamente para lidiar con el tipo de preguntas que hemos enumerado anteriormente. Pero esto no es más que una narración secular y eurocéntrica: la humanidad nunca ha existido sin la guía divina y, por lo tanto, sin la ética. Al-lah creó al primer ser humano con la capacidad de distinguir entre el bien y el mal y con el imperativo de seguir la guía divina cuando esta sea enviada a través de Sus mensajeros. El Todopoderoso se dirigió a nuestro padre, Adán, de esta manera: {Cuando les llegue de Mí una guía, quienes la sigan no habrán de sentir temor ni tristeza} [Corán 2:38]. Aprendemos que la guía divina no fue enviada al azar o a posteriori cuando el experimento humano salió mal, sino que fue desde el principio parte del plan divino. Por eso, los seres humanos nunca han vivido sin el beneficio de la guía divina. Sin embargo, los humanos pueden dividirse en dos tipos: aquellos bendecidos como los pertenecientes a la Umma del último Profeta, la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, que tienen un claro acceso a ella en forma inalterada, y aquellos para los que la guía había sido olvidada, excepto en formas distorsionadas y parciales.

El eje de esa guía ha sido siempre reconocer la verdad respecto a que hay un solo Dios, adorarlo solo a Él y ser buenos unos con otros. Lógicamente, el Todopoderoso podría haber limitado Su religión a adorarlo solo a Él, pero por Su perfecta misericordia y sabiduría, ha hecho que la benevolencia hacia la creación forme parte de la fe en Él, ha puesto la benevolencia hacia los demás y hacia toda la creación en nuestra naturaleza, y la ha reforzado a través de Su guía revelada. Pero los seres humanos son olvidadizos, tanto a nivel individual como colectivo. La historia de la humanidad está llena de ciclos de olvido humano y de recordatorio divino. Con el tiempo, esa guía se oscureció, se perdió o se adulteró hasta el punto de que la gente volvió a caer en el politeísmo y la mutua opresión.
Por lo tanto, debemos rechazar la ficción eurocéntrica de que los filósofos griegos de los siglos VI a IV a.C. inventaron la reflexión ética, ya que es posible que los filósofos griegos paganos o quienes influyeron en ellos tuvieron acceso a algunos restos de la revelación del mismo modo que los árabes paganos. Y del mismo modo que hubo ḥanifs −monoteístas que buscaban la guía divina− en la Arabia pagana antes del Islam, algunos intérpretes caritativos clasifican a personajes como Sócrates, Platón y Aristóteles como una especie de monoteístas. Las pruebas históricas sugieren que, sin denunciar el politeísmo (adoración de muchas divinidades) en la práctica, la búsqueda de la verdad de estos filósofos los llevó al monoteísmo conceptual. Los filósofos hindúes de los Upanishads, de forma similar, aunque seguían siendo politeístas, habían hecho un gesto hacia el monoteísmo conceptual, del mismo modo que los árabes preislámicos atribuían el mayor poder a Al-lah, al tiempo que justificaban la idolatría. Esto significa que, ya sea a través de los restos de la guía divina o de su propio pensamiento virtuoso, los seres humanos llegan naturalmente a creer en una única Realidad Suprema, pero a menudo no pueden avanzar más allá de este punto sin el beneficio de la revelación divina, cayendo en un desacuerdo y confusión interminables. Necesitamos la revelación para conocer los atributos del Único Dios Verdadero y a la forma correcta de vivir que complazca a Dios.
Para reiterar, entonces, aunque la razón humana puede descubrir la verdad del monoteísmo divino y las verdades éticas, es probable que se equivoque; está mejor equipada, en otras palabras, para reconocer la verdad una vez que se presenta, que para conocerla directamente. El Imam Ibn Taimia destacó este punto basándose en la sura Al Mulk, que nos habla de los incrédulos que se lamentarán y que declararán en la otra vida: {Y agregarán: “Si hubiéramos oído o reflexionado, no estaríamos ahora con los condenados al Fuego”}[Corán 67:10]. Pero si los seres humanos a menudo no reconocen ni agradecen a su Creador, ¿cuánto más probable es que descuiden los derechos de Su creación?
Nuestra experiencia empírica contemporánea confirma ambas observaciones: la existencia del sentido ético natural (fiṭra) y su debilidad. Incluso en nuestras vidas hipersecularizadas, artificialmente mecanizadas, alejadas de la naturaleza e irreflexivas, los seres humanos no pueden evitar fácilmente plantearse estas “grandes” preguntas. La vida humana es imposible sin enfrentarse a estas cuestiones, y nuestra elección es responder a la verdad, descuidarla o negarla. Esto se convierte en la elección moral fundamental de la que depende todo lo demás. Sin embargo, también somos testigos de que, cuando se deja guiar por la élite egoísta en lugar de por la revelación divina, la razón humana degenera en un desacuerdo y un cinismo interminables, en absurdos como el ateísmo, o en cultos oscurantistas que imitan la verdadera religión. En contra del juicio acumulativo de todas las sociedades humanas conocidas, incluida la mayoría de los seres humanos de hoy en día a favor de la ética teísta, una pequeña élite global hegemónica produce una filosofía y una cultura agnóstica o atea, que rechaza la verdad de Dios pero está dispuesta a creer en los cuentos más fantásticos; de la misma manera que los personajes de Alicia en el país de las maravillas, practican la creencia de seis cosas imposibles antes del desayuno.
Sin ley divina, ninguna línea entre el bien y el mal está por encima de la discusión filosófica. Hasta hace poco, el comportamiento homosexual se consideraba la mayor inmoralidad en todas las culturas, pero ahora la élite mundial ha decidido lo contrario. Algunos también han llegado a justificar el incesto. No hace mucho tiempo, la eugenesia y las teorías racistas del comportamiento humano que justificaban la dominación de algunas razas y la criminalización de otras eran la corriente principal de la ciencia. ¿Es realmente diferente matar animales (o incluso vegetales) para el consumo que matar humanos para el consumo? ¿Matar a los bebés no deseados es realmente equivalente, desde el punto de vista moral, al asesinato? Como señaló el principal filósofo moral de nuestro tiempo, Alasdair MacIntyre, un cristiano, en su innovador libro After Ethics (1984).
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