
Soy del mismo pueblo que uno de los bandoleros más famosos y sanguinarios de mi país: Jacinto Cruz Usma, alias “Sangrenegra” —nada más con el apodo se pueden hacer una idea de la calidad de persona que era este criminal—, célebre asesino de los años cincuenta, cuya marca característica era “la corbata”, una forma de asesinar que data de mediados del siglo 20 en Colombia en Colombia, en la época denominada “la violencia”, donde se abría la garganta de la víctima y se le sacaba la lengua, que se dejaba colgando a modo de corbata.
Él y su cuadrilla de una docena de hombres perpetraron muchas matanzas, la última sucedió en el pueblo de Totarito (Tolima, Colombia) donde asesinó a trece campesinos y seis niños, a los cuales incineró en un fogón aun estando vivos.
Fue tal la crueldad de sus actos que fueron sus propios compañeros de fechorías los que lo delataron a la policía, que creó un gran operativo para capturarlo. Consiguieron cercarlo en el norte del Tolima, una zona montañosa, y a pesar de que la mayoría de los bandidos a sus órdenes murieron, él logró escapar mal herido, pero luego fue encontrado muerto.
Los que somos de esa zona crecimos con la leyenda de “Sangrenegra”. En mi pueblo se decía que, cuando la neblina se extendía por el piso, el alma del asesino bajaba del centro del volcán nevado a vengarse de los traidores. Él se convirtió en el boogeyman, el coco, el monstruo debajo de la cama de nuestra infancia. Cuál no sería mi sorpresa cuando en la universidad, en el marco de una investigación sobre religiosidad, magia y sincretismo, visité el Cementerio Central de Bogotá y vi allí, en un rincón, una tumba señalada con cincel con el nombre: Jacinto Cruz Usma. Llevaba encima una palabra que me dejó marca de por vida: SANTO.
Esa tarde vi cómo llegaban personas a esa tumba a llevar flores, velas, arrodillarse, rezar y pedir milagros. Lo confieso, lloré de rabia e impotencia. ¿Cómo era posible que le rezaran a ese hombre? Es decir, ¿no sabían quién era en realidad? Con el fin de “desenmascararlo”, empecé una investigación sobre el culto al supuesto “santo” en el que se había convertido “Sangrenegra”, así reconstruí su historia, y también armé el rompecabezas de mitos alrededor de su vida.
El proceso por el cual se santifica a un ser humano suele tener una estructura repetitiva: una vida llena de vacíos históricos que se llenan con historias fabulosas, una muerte confusa, que por lo regular deriva en la falta de un lugar único de entierro — Una estructura similar puede encontrarse en el culto a Hasan Ibn Ali (que Al-lah esté complacido con él), nieto del Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Al lah sean con él), de quien existen al menos tres tumbas en países distintos—.
Es usual que, en vida, el Santo no se haya declarado así ni haya registrado ningún milagro, estos solo ocurren luego de muerto.
En tan solo 50 años, un asesino inescrupuloso se convirtió en SANTO, su popularidad, junto con la tergiversación de su vida, lo rodearon de un halo de santidad que hace que, hasta el día de hoy, vayan personas, que incluso peregrinan de lugares lejanos, a rogar por milagros, en especial sanaciones.
De esta manera se empiezan a adorar “santos”: hombres y mujeres que han sido iguales que nosotros (o peores, como en el caso claro de Sangrenegra) y, cuando se adora a un ser humano, se es injusto en diferentes aspectos y espectros.
Continúa en la parte 2...